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Entrevista: Omar Perez Santiago

Por Luis Matías Pérez

 

“Nefilim en Alhué” es el nuevo libro del escritor y activista ciudadano Omar Pérez Santiago. En él encontramos una serie de relatos que mucho tienen que ver con la muerte, que mete sus narices de uno u otro modo en todas las historias, adquiriendo un particular tipo de protagonismo. Sobre ella le preguntamos al autor para que nos cuente como es su relación con esta y sobre las formas  de sobrellevarla en nuestra cultura.

¿Qué le produce a usted el escribir acerca de muertes, crímenes, asesinatos?

Inicialmente no supe como el tema literario de la Señora Muerte se introdujo en mis cuentos. No la busqué ni la deseé. La muerte se apareció con su sonrisa y su danza macabra y se lleva a un amigo, o a mi padre o a mi madre. Pero, polvo somos y polvo seremos, seremos cenizas y huesos y el golpe mortal de la guadaña nos convertirá en iguales. La muerte es una ausencia, un gran hueco, una gran pérdida. Y a veces, en nuestros países de ají y de pimienta, la muerte es ausencia de justicia.

¿Tuvo a algún escritor que lo influenciara en este tipo de literatura?

La muerte (Thanatos) es un tema central de la literatura, junto al eros, (el amor). Es difícil como escritor sustraerse al tema. José Santos González Vera publicó en 1928, Alhué y allí creó ese espacio nacional, centro de un remolino de fantasía, el infierno mestizo, un imaginario poderoso de la chilenidad, donde surgen  supersticiones siniestras de Chile. Alhué es una construcción imaginaria, una arquitectura literaria que arrastra capas de mitos y leyendas. Es nuestro Comala de la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo,  donde están todos muertos. Comala de Juan Rulfo es como Alhué de José Santos González Vera, un pueblo muerto, poblado de voces gastadas, ecos, murmullos, fantasmas y sombras. Curiosamente, Juan Rulfo había sido influenciado por los escritores nórdicos como Halldor Laxness y Selma Lagerlöf, premios nóbeles que tenían influencias de las viejas sagas nórdicas. Esos nórdicos inyectaron un gen fantástico en Juan Rulfo.

Por otro lado José Santos González Vera, autodidacta, anarquista, pertenece a una noble generación de escritores, donde se encuentra su  amigo Manuel Rojas, autor de Hijo de Ladrón. Y que se conectan con una corriente posterior, pero muy trascendente en la literatura chilena y que yo admiré mucho como es Luis Cornejo y su libro Barrio Bravo de 1955, y Armando Méndez Carrasco y su libro Chicago Chico de 1962, ambos escritores, constructores también de un territorio literario, un espacio urbano muy popular y muy nuestro.

El primer cuento que yo escribí a los 12 años, fue un plagio del cuento de Luis Cornejo, El Capote, un cuento rudo de su libro Barrio Bravo. Mi padre le había comprado el libro a Luis Cornejo y yo lo leí fascinado cuando tenía apenas 12 años. Lo copié a manuscrito, le cambié algunas cosillas y se lo mostré a mi vecino y amigo, Tito. Tito quedó fascinado. Pasaron las décadas y cuando me encontré con Tito, me dijo que desde que él leyó mi cuento cuando yo era  niño, ya sabía que tipo de literatura me gustaba escribir a mí. Nunca me atreví contarle  a Tito de mi engaño infantil. Después, cuando volví del exilio el año 1990, encontré a Luis Cornejo enla Plazade Armas vendiendo libros, hablé con él y le compré un ejemplar de Barrio Bravo, que conservo con su firma.

¿El golpe militar y su experiencia en el exilio cambiaron su forma de pensar sobre este tema?

Más que el exilio, es la vuelta a Chile y constatar el resultado que dejó el paso del neoliberalismo en nuestros países. Y como, en muchos casos, frente a miles de desaparecidos y miles de torturados no hubo y ya no habrá justicia. La ausencia de justicia y las animitas sin consuelo.

 ¿Será, según usted, tarea de la Literatura solventar esa ausencia de justicia?

La literatura no solventará la ausencia de justicia ni ninguno de los asuntos que afronta o relata. En general, no creo que la literatura tenga un fin específico en la realidad inmediata .Ahora bien, creo que en Nefilim en Alhué  hay resentimiento, hay capas y capas de líos irresueltos, de dolores profundos,  y una enorme necesidad de los personajes de ser apapachados, de encontrar un regazo donde descansar o donde llorar penas. La literatura ayuda a reconocernos en los que hemos sido.

¿Qué espacio, dentro de la Literatura chilena, viene a ocupar Nefilim en Alhué? ¿Viene a satisfacer, de algún modo, esa ausencia de justicia?

Me gustaría que Nefilim en Alhué constituyera una parte de una hermosa  tradición de construcción literaria, de una construcción imaginaria de un pueblo mestizo donde pasan cosas terribles y emocionantes. Me gustaría que se sumara al Alhué de González Vera, a los cuentos mapuches (Cuento de un Alhué o una aparecido en Tomás Gutiérrez) o al libro de Justo Abel Rosales, Los amores del diablo en Alhué de 1895. Es decir, me gustaría que el libro Nefilim en Alhué se incorporara a la literatura chilena en esa área fantástica y maravillosa, que revisa y recrea unos miedos ancestrales, una memoria herida, esclavizada y diezmada. Si el cuento Nefilim en Alhué lograra sumarse a esa tradición literaria, ya me sentiría alagado.

¿Se vio en la obligación de buscarse otra vida lejos de Chile?

A fines de los 70, los pelusones de la siniestra policía de Pinochet, los delincuentes del puño de hierro, me fueron a buscar a  mi casa. Yo no estaba y pasé varios meses huyendo. Mi familia y amigos cercanos sufrían mucho con la represión. Entonces, llegué con otros compañeros a una fiesta diplomática de gala de la Embajada venezolana en Santiago, cerca de la calle Pedro de Valdivia. La única forma de salir del país y evitar caer en manos de los “cariñosos”. Era una fiesta de diplomáticos donde estaban invitados personajes muy selectos de la fauna santiaguina. Todos vestidos de fiesta. Nos vimos en la obligación de falsificar invitaciones y conseguir ropas de fiesta, para finalmente poder instalamos en el centro del salón y gritar muy fuerte que éramos perseguidos políticos por el régimen de Pinochet. Se formó un gran escándalo y nuestra preocupación se hizo más intensa cuando el cuerpo de seguridad comenzó a moverse alrededor de nosotros. En ese momento el Embajador de Venezuela, Enrique Astuburruaga, se nos acercó, y nos dijo: ‘”Acompáñeme si no quieren que llame a la policía”. De allí, luego de varios meses, salimos a Suecia. A partir de ese momento hice muchas cosas en ese país, donde la barrera idiomática al principio parecía insalvable; salí de Chile cuando había egresado de la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidadde Chile y con estudios de Master en Historia Económica en la Universidad de Lund, trabajé como profesor, traductor de poesía sueca y como escritor y periodista cultural en Malmö, ciudad donde viví largos años.

¿Deja ver una parte de sus experiencias reales en este libro?

Más que mías, yo debo agradecer a mis amigos y amigas, que me han contado algunas historias, y tal como se espera de un amigo, yo se las he escuchado. Dicen que las historias no la cuentan los vencedores, sino los escritores. A eso vinimos, a contar historias.

¿De alguna manera piensa entonces que el futuro de la Historia debiera estar cada vez más ligado al trabajo literario, y por ende completamente subjetivo?

La literatura no reemplaza tampoco a la historia profesional, la Historia, ni es una mímesis de la realidad, ni un mero reflejo de la realidad.

Pero sí la literatura dialoga o reconstituye la memoria vital inserta en nuestras células, nuestras leyendas, nuestros cuentos, nuestros relatos que nos identifican con nuestro extraordinario pasado como pueblo. La literatura tiene afinidad y conversa esas leyendas ancestrales, e ilumina nuestra propia cultura literaria. Los americanos tenemos un pasado y que está en la memoria subyacente, en nuestras leyendas o en la magia popular. La literatura ayuda a saber de nosotros mismos. De ese modo, a la vez, nosotros podemos tener una visión nueva de ese pasado y proyectarla en el presente.

¿Qué le parecen los ritos y las tradiciones que aún conservamos los chilenos con nuestros muertos?

La mejor tradición es cuando en los velorios se sirven comidas y gloriado junto al cadáver, mientras contamos historias y chistes del finao, y de vez en cuando, las mujeres rezan el rosario. Avanzada la noche, se ofrece café con malicia. Al retirarse, se ofrece un caldito o una cazuela de ave. Después vamos en masa a enterrarlo, y luego pasamos al «Quitapenas» a tomar un «Nomeolvides». Si el finao murió atropellado se le hace una animita, para que no venga a penar a los vivos.

¿Cómo es la relación de la cultura nórdica con la muerte?

Los nórdicos también creen que hay otra vida después de la muerte, pero más vinculados a su amada naturaleza. Incurables románticos de la naturaleza, amantes de sus fiordos y de sus bosques, los nórdicos se declaran luteranos,  pero en el fondo son místicos paganos. Según la leyenda nórdica, una vaca gigante, llamada Audumbla lamió la escarcha sagrada de rocas salobres, y de allí surgió el primer hombre, Bure. Otras viejas leyendas afirman que hay árboles que dan como fruto seres humanos, fábulas cuentan de una especie humana que nace de una raíz en el suelo y a la cuerda está sujeto por el ombligo, como una calabaza o un melón, iguales a los hombres en todo: cara, cuerpo, manos y pies. Así, tal vez, se podría entender mejor el placer de los nórdicos por mimetizarse con su útero, la señora naturaleza.

En su opinión ¿es la muerte una especie de descanso?

No soy especialista en muerte. A lo más, un inevitable candidato. No hay nada detrás de la muerte, ha dicho recién Stephen Hawking. Pero, hay que dudar, pues los científicos acostumbran a tener tesis aburridas.

Yo soy más clásico y me acerco a una visión animista del más allá, y creo que todo está vivo, incluidas las almas humanas. Soy neopagano, y veo dioses y creo que hay una interrelación entre los vivos y los muertos, por eso realizamos funerales de duelo y de veneración de los muertos. De otro modo no se entiende que haya gente en América que celebra fiestas en los cementerios. Creo en mis ancestros, creo en los sueños  y creo que vivimos en un tiempo donde se funde pasado y presente. Creo en todo eso por tres razones: de belleza y entretención y cultura. Es la trinidad de lo estético, lo gracioso y lo social.

¿Hay alguna recomendación que le quiera hacer al lector de Nefilim en Alhué?

Creo que estamos en momentos  en que se necesita -están pasando cosas afuera- se necesita más que nunca estar abierto y en actitud de asombro. Les recomiendo que no sean prejuiciosos y después leer a José Santos González Vera, leer a Armando Méndez Carrasco y leer a Luis Cornejo. Bombitas literarias.

 

 

 

 


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